|
|
|
|
|
LA DEPRESIÓN INFANTIL (TRISTEZA) Posibles Factores Desencadenantes Tratamiento
Los niños y los adolescentes pueden sufrir depresión al igual que los adultos. Se habla en estos casos de depresión infantil. Pese a que hace unos años, no se admitía la existencia de la depresión infantil, se ha comprobado lo contrario. La depresión infantil tiene síntomas comunes con la de los adultos, pero además tiene otras peculiaridades debidas principalmente a la dependencia que el niño tiene con los adultos y su proceso de cambio continuo.
Esta alteración se presenta de muchas formas con grados y duración variados. Se define como un trastorno cuando la sintomatología depresiva persiste e interfiere con las capacidades y actividad de la persona. Normalmente todo ser humano presenta una depresión en situaciones de maltrato específicas. Lo que es muy importante de considerar tanto para su tratamiento como para su prevención.
La depresión infantil puede definirse como una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Se habla de depresión mayor, cuando los síntomas son mayores de 2 semanas, y de trastorno distímico, cuando estos síntomas pasan de un mes.
Los expertos en el tema de depresión infantil, a través de numerosas investigaciones han llegado a la aceptación de los siguientes síntomas característicos y criterios de la depresión infantil (Del Barrio 1997): tristeza, irritabilidad, anhedonia (pérdida del placer), llanto fácil, falta del sentido del humor, sentimiento de no ser querido, baja autoestima, aislamiento social, cambios en el sueño, cambios de apetito y peso, hiperactividad, disforia e ideación suicida. Esta definición operativa puede ser utilizada como guía diagnóstica y tiene la ventaja de representar un núcleo de coincidencia de un amplio espectro de la comunidad científica.
Los niños que viven con mucha tensión, que han experimentado una pérdida importante o que tienen desórdenes de la atención, del aprendizaje o de la conducta corren mayor riesgo de sufrir una depresión. Dos son los factores de riesgo más destacados en esta patología. En primer término está el que tiende a presentarse en determinadas familias. Y en segundo término, la existencia de situaciones de maltrato, que fundamentalmente afectan a la seguridad del niño y del adolescente.
Algunos de los problemas un niño puede tener son:
Es así como niños y adolescentes deprimidos pueden mostrar cambios en su modo de ser habitual. Aquel que era muy sociable pasa a estar solo la mayor parte del tiempo. O pierde interés por todo. Y las cosas de que gustaba dejan de agradarlo. Igualmente, en ocasiones los niños y adolescentes deprimidos se refieren a que quisieran estar muertos o pueden hablar del suicidio. También, tratando de sentirse mejor pueden recurrir al alcohol u otras drogas
Por otra parte y paradójicamente, sucede con cierta frecuencia que se portan mal en la casa y en la escuela sin que nadie se dé cuenta de que están sufriendo una depresión porque eventualmente no parecen estar tristes. Entonces, para los padres y los maestros se trata simplemente de mala conducta. Aunque, algunas veces ellos admiten que están tristes o que son infelices (evidentemente en confidencias con quienes tienen confianza).
Es entonces, importante el que los padres y los adultos relacionados con el niño conozcan esta sintomatología, lo que indudablemente da la posibilidad de una intervención precoz, con todas las ventajas que ésta conlleva.
Crecer hace inevitable el tener cierto grado de inseguridad, y los niños no están demasiado preparados para enfrentarse a esa inseguridad y aún menos para ver el lado positivo de esos primeros traumas, conflictos, malentendidos o pérdidas. Cuando los niños sienten que han perdido el control y que son débiles, acuden a cualquier estrategia que les permita obtener un alivio de esa dicha situación (rabietas, llantinas, agresiones, etc.) Estos son las estrategias más primitivas utilizadas para reducir la vulnerabilidad y recuperar parte del control que han perdido.
Con el tiempo, esas técnicas de autocontrol que utiliza el niño se convierten en hábitos y el niño se acostumbra a usarlas en momentos de tensión o cambios “amenazantes” en su entorno. Esos hábitos son los que conforman su sistema cognitivo actual y, cuando hay problemas que no saben resolver o se ven amenazados, aparecen los pensamientos irracionales de indefensión, desesperanza, ansiedad, culpa, etc.
Cuando la inseguridad hace que el niño de sienta vulnerable e inútil, la ansiedad y la depresión no son más que intentos erróneos que pretenden recuperar el control. La ansiedad lo hace por medio de un derroche de energía (preocupación, berrinches, rabietas, evitación de personas y actividades preocupantes, etc.), mientras que la depresión lo hace por medio de un ahorro de energía (aislamiento, fatiga, dejar de preocuparse, desatención, etc.). Desgraciadamente, más que ayudar la ansiedad o la depresión se convierten en parte del problema, en un aparte importante.
La ansiedad moviliza todos los recursos de anticipación que posee intentando prepararse (lograr el control) para la amenaza; y la depresión controla mediante la desvinculación de lo que se percibe como una amenaza.
La inseguridad crea un sentimiento de vulnerabilidad; cuando se siente débil, querer estar en lugares seguros, buscando la seguridad y el control de la situación, parece un deseo natural y constructivo. Pero una vida controlada siempre nos lleva a mayor ansiedad y desesperación: a más control se tenga, más control se busca, nunca es suficiente porque parece lo suficientemente seguro.
La verdad es que la vida no se puede controlar y lo que confunde al niño es que ese control temporal ofrece un alivio temporal. La respuesta es incentivar el sentido de confianza en uno mismo que en vez de controlar la vida consiga que el niño se enfrente a los problemas y le ayudemos a buscar soluciones viables.
Los padres o adultos a cargo de los niños afectados pueden intentar distintas acciones que indicaremos más adelante, las que dan posibilidades de modificar esta problemática de forma satisfactoria. De no lograrse éxito en su aplicación en un tiempo prudencial es necesario consultar a un especialista, debido a los riesgos que conlleva el que este cuadro se prolongue.
Un alto riesgo de sufrir depresión se encuentra en los niños que han experimentado una pérdida importante, tanto de seres queridos como de cosas o situaciones esenciales para ellos. O que presentan desórdenes de la atención, del aprendizaje o de la conducta. O, sometidos a otras problemáticas o situaciones de maltrato graves.
Es igualmente necesario tener en cuenta que constituye un factor de riesgo importante el ser miembro de familias con disposición a la depresión. Sin embargo, en nuestra experiencia el factor de mayor influencia, aparte de las pérdidas significativas mencionadas, es la pérdida de la seguridad social o su deterioro derivada de una baja autoestima.
Es decir, se trata de buscar la forma de modificar las situaciones negativas o, en última instancia, de abandonarlas. Se trata de trabajar sobre las situaciones que inciden en la depresión que viva el niño o adolescente. Esto, según nuestra experiencia, da posibilidades de superar esta problemática en una cantidad de casos y en corto tiempo, de contar con la cooperación de al menos parte de los implicados en los respectivos sistemas de interacción. Sin duda que los agentes de elección para intervenir allí son principalmente los adultos, aunque se debe estar abierto para obtener la cooperación de niños o de los adolescentes si ello es posible.
Las personas adultas que son importantes para el niño son las que tienen una mayor influencia sobre el proceso cognitivo del niño y por consiguiente intervendrán en él de manera más eficiente. Al mismo tiempo hay que dotar al niño de recursos propios que le permitan hacer frente a esas situaciones y le ofrezcan garantía de éxito para futuros problemas. Así como ayudarle a aumentar su autoestima proponiéndole actividades donde tengan cierto éxito y así promocionar el refuerzo. |